Lacan y el Discurso Capitalista | Jorge Alemán
En IDEOLOGÍA • Nosotras en la época • La época en nosotros | NED ed. , 2021
D) Deuda y superyó
El neoliberalismo es la época del capitalismo donde su modelo de acumulación ya no sólo pasa por el intercambio de mercancías sino también por el crédito y la deuda. Una de sus grandes novedades se materializa en que la deuda no sólo penetra en las naciones y en su tejido social, sino que incluye también a la subjetividad. En consecuencia, la relación acreedor-deudor se inscribe más allá del orden económico. De tal manera que el neoliberalismo tiende a realizarse, como diría Lazzarato, apoyándose en su lectura de Nietzsche y Deleuze, en una fábrica de deudores. Así, la existencia singular está presionada para que viva bajo una lógica de crédito y deuda. No obstante, a mi juicio, y a diferencia de Lazzarato, para quien la existencia singular está presionada para desenvolverse bajo una lógica de crédito y deuda, es necesario saber que el neoliberalismo únicamente puede tener esta capacidad de captura si toca un elemento clave del aparato psíquico: la instancia del superyó. Sin su necesaria participación no se podría establecer la relación en un movimiento circular entre la renuncia y el exceso, tal como se cumple en el discurso capitalista. Se da un juego recíproco entre aquello que al sujeto siempre le falta y las promesas de novedades que pueden colmar dicha carencia; el sujeto por un lado renuncia a su satisfacción inmediata, pero no puede liberarse de la compulsión que le conmina a colmarla. Cuanto más importante es la renuncia, más se tiñe ella misma -compulsivamente- de sentimientos inconscientes de culpabilidad, porque la renuncia nunca calma el apetito del acreedor superyoico, al exigir siempre más y más. En esta misma lógica de la deuda se pueden entender entonces desde los mandatos del FMI (esto se observa con nitidez en países que fueron capturados por una deuda, pues hagan lo que hagan, deberán pagar siempre más) hasta los deberes más íntimos del sujeto, que están cooptados por la voracidad obscena del superyó. Freud comparó el carácter incondicionado de esa voracidad con el imperativo categórico kantiano. Finalmente, Lacan mostró el reverso sádico de esa Ley: exige gozar, en lugar de prohibir. El sujeto bajo esta lógica concibe la propia existencia por fuera de toda vinculación histórica, y como consecuencia se despolitiza o se inscribe en un rechazo de la política, de todo ello se terminan beneficiando los mismos que engendraron la deuda.
El sujeto, tal como lo explican Freud, Heidegger y Lacan, adviene al mundo, en razón de su estructura constitutiva, como deudor y culpable. Y precisamente el neoliberalismo ha logrado por primera vez colonizar esa instancia originaria del sujeto, al operar la lógica del mercado en la construcción de la subjetividad. Una subjetividad que se orienta por la sustitución de la vida política en favor de las coacciones de la supervivencia. Se suele poner el acento en el gozoso consumo incesante de objetos, pero es en su carácter compulsivo y repetitivo donde permanece secreta la oscura pulsión de muerte, y su traducción -siempre posible- al canal privilegiado del odio. En nuestra época, la de la pandemia, todavía regida por el neoliberalismo, resulta cada vez más difícil decidir cómo sería una vida que no estuviese regulada por los balances superyoicos del éxito y del fracaso. También en este contexto se puede entender que las actuales derechas ultraderechizadas sean una especie de emanaciones de la nueva pulsión de muerte neoliberal pues, si sus dispositivos hablaran, podrían proferir lo siguiente: «ya que nunca saldrás de la lógica amenazante y siniestra, te ofrecemos estar del lado sádico de los castigadores». Porque para el neoliberalismo la cuestión no es principalmente derrocar gobiernos de izquierdas, o nacionales y populares, sino en primer lugar lograr que la lógica amenazante impregne hasta el lugar más recóndito de la comunidad. De ahí que su fin imprescindible pasa finalmente por emplazar a la democracia bajo su propio dispositivo.
E) Vergüenza
Entre los sentimientos que el neoliberalismo ha trastocado se encuentra el de la vergüenza. Ya que la vergüenza es un velo que junto al pudor revela que uno mismo no se encuentra totalmente dominado por los intereses más obscenos, que dan rienda al puro goce de acumular. Como ya he indicado en otro lugar, lo que rige actualmente no es sólo la acumulación de goce, sino la compulsión propia del goce por acumular, y que los otros paguen con su sacrificio dicha compulsión. El problema es ver cómo se atravesaría la indolente barbarie de los representantes de la oligarquía que propagan el odio irresponsable. Porque estamos asistiendo al espectáculo, nunca visto antes en democracia, en el cual muchos «desvergonzados» se pavonean en la escena política con ilimitada impunidad, y eso podría convertirse -eventualmente- en el inicio testimonial del derrumbe de nuestra civilización. Al respecto, parafraseando a Freud, se puede preguntar: «¿cuál es el quantum de pulsión de muerte que una civilización puede admitir sin que sus cimientos se vean socavados?».
Desde hace años, y bajo el dominio «teológico» del neoliberalismo, el espacio político se ha visto invadido de personalidades absolutamente dominadas por sus pulsiones narcisistas, las que finalmente en una lucha «por el puro prestigio» hacen de la muerte el Amo absoluto. Por ello, así como en su día se habló de «personalidad autoritaria» para dar cuenta del nacionalsocialismo, ahora, en la razón neoliberal, se requiere de «personajes» que ejerzan la megalomanía, el odio y el narcisismo destructivo. Esto ya no se puede entender en términos de la famosa banalidad del mal de Arendt, sino que constituye una nueva forma peligrosa del mal de la banalidad. Me refiero a una pulsión destructiva que, si bien está anudada a las exigencias de la reproducción del capital, añade un plus suplementario, una serie de procedimientos que pueden estar al servicio del espionaje y control de la población, y exceden la utilidad específica de los servicios de inteligencia. Más bien promueven un puro ejercicio sádico de identificación narcisista que no sólo pretende justificarse bajo un simulacro de «democracia» sino que incluso se victimiza mientras hace daño. Se debería considerar este nuevo nudo entre patología, subjetividad y política para entender cómo las actuales megalomanías de tantos dirigentes políticos han sido posibles y sostenidas por un consenso que en ocasiones se ha anudado con la locura social en sus aspectos más paranoicos; como testimonia esta época en donde gobernantes narcisistas y destructivos se vuelven moneda corriente. Aunque luego fracasen en sus proyectos electorales o en sus gobiernos efectivos, ellos dejan en la sociedad una inercia que se va sedimentando en el tejido social. Ahora bien, las acciones de ese tipo de personajes no hay que analizarlas desde la perspectiva de las ciencias cognitivas o neurociencias, la psicología o la psiquiatría, porque, a mi juicio, sus actos no responden a patologías orgánico-mentales, sino que vienen exigidos por una necesidad estructural del neoliberalismo que, para su sostenibilidad, requiere de dirigentes con suficiente impunidad e irresponsabilidad.
El neoliberalismo necesita especialmente de sujetos con un carácter insustancial y paródico para encarnar la dimensión acéfala propia del capitalismo de nuestra época. En definitiva, el mando neoliberal dictamina que funcionen en un mismo espacio social y al mismo tiempo, tanto la marcha económica para las corporaciones, como la política para narcisistas al servicio de la pura conspiración del odio, aunque no siempre gobiernen. Aquí se encuentra un límite estructural, ya que el mercado no se muestra seguro en sus operaciones, porque ellas, en principio, deben intentar extenderse a toda la población, incluyendo a los precarios, marginales y oprimidos. En este aspecto, si bien he insistido en que las ultraderechas ya han intervenido en la agenda de las derechas clásicas y conservadoras, también se debe señalar que por ahora ése no es el lugar donde el mercado se siente «cómodo» en su despliegue. Porque el discurso capitalista exige incluir a casi todos en su captura, y las ultraderechas con sus lógicas segregativas no constituyen el mejor instrumento para ello. Por eso únicamente funcionan como el plan B, como un puro ejercicio intimidante para que los gobiernos democráticos progresistas o nacionales y populares perciban, según las distintas coyunturas, una fuerza que los presiona, aunque a la hora de gobernar sean reemplazados por unas derechas mejor maquilladas, con semblante democrático.
F) Banda de Moebius
Dado el movimiento circular del discurso capitalista, voy a experimentar una representación del mismo a partir de la famosa banda de Moebius, realizada por Escher, en la que una hormiga transita siempre por la misma superficie. La propiedad de la banda unilateral, tal como su nombre indica, es que no tiene dos superficies. Eso permite concebir las dificultades que se presentan para establecer un corte en el discurso capitalista. No hay ningún lugar a priori, en donde se pueda establecer un corte «anticapitalista». Por ejemplo, si le hiciéramos un brusco corte transversal se rompería, con lo cual al presentarse como una destrucción pura se carecería de una representación política de la misma. Ello implicaría pensar que el funcionamiento del capitalismo se derrumbaría si se produjese el caos, el desastre y de ese modo perdería su capacidad de reproducirse sin límite en el movimiento circular. Descartado el corte transversal, se podría situar un corte longitudinal por el medio, pero allí simplemente se obtendría una banda bilateral que perdería su propiedad moebiana:
Corte longitudinal por el medio:
Mi propuesta es realizar un corte longitudinal por el tercio:
Si se realiza el corte longitudinal por el tercio, no sólo no se destruye la banda de Moebius sino que dicho corte obtiene como resultado una nueva banda de Moebius unilateral, enlazada a un resto, operaciones con las que Lacan ejemplifica topológicamente tanto la división del sujeto, el $, como el objeto (a).
No se me escapa la condición enigmática de traducir políticamente esta propuesta de corte. A diferencia de los que piensan que puede haber un corte absoluto que dé lugar a un exterior al discurso capitalista, aquí se propone transitar un camino más arduo, el que implica el corte longitudinal al tercio, que en principio es en el interior del discurso capitalista, pero donde, sin embargo, se obtienen dos elementos que el discurso capitalista en su funcionamiento ha rechazado: la división del sujeto y el objeto que causa el deseo. Dado que las representaciones sobre las posibles salidas del discurso capitalista son sumamente problemáticas, aquí me permito aventurar este modo peculiar de no completud del mismo: una operación de corte que vuelva a dar lugar a la $ división del sujeto y el objeto que causa el deseo (a), que el discurso capitalista había obturado con el plus de goce. Y una relación con la causa del deseo, que también en el discurso capitalista es imposible que acontezca. La metáfora del corte longitudinal al tercio permite figurarse que la salida del capitalismo está más relacionada con una construcción política, que lo corta longitudinalmente por dentro y desde un lugar determinado (el tercio). A la vez, esta construcción no puede integrar a través de ninguna mediación dialéctica el resto que opera como causa, razón por la cual, en principio, la salida es siempre parcial y contingente.






